Hoteles, Vuelos, Viajes, Paquetes, Tours, Traslados en México, Estados Unidos, Canadá y más en Prodigy MSN Viajes
Tras el triunfo de la Guerra de Reforma, encabezada por Don Benito Juárez, un grupo de conservadores mexicanos buscó el apoyo del gobierno francés para instaurar un gobierno monárquico en México. El trono le fue ofrecido a una pareja de apuestos príncipes, Maximiliano de Hasburgo y Carlota de Bélgica, quienes sucumbieron ante su ambición para fundar el llamado Segundo Imperio, ingenuamente convencidos de que bajo su mandato, la paz sería restaurada.
A su llegada a la Ciudad de México, los emperadores se establecieron en el Palacio Nacional, para fijar finamente su residencia en el Castillo de Chapultepec, ubicado en lo alto del Cerro del Chapulín, aproximadamente a 6 kilómetros al occidente de la ciudad. El lugar gozaba de un espléndido clima, musicalizado por el canto de las aves y rodeado por una espesa vegetación exótica.
Durante su estancia, el castillo fue remodelado por arquitectos franceses con el fin de asemejarlo a las residencias europeas. En sus amplios salones, la emperatriz ofrecía grandes recepciones de etiqueta. Carlota, desde el balcón de su dormitorio, tenía una de las mejores vistas del camino que traía a casa a Maximiliano de regreso de su oficina, que se encontraba en el Palacio Nacional.
En 1864, la ciudad terminaba abruptamente en el lugar donde se hallaba la escultura ecuestre de Carlos IV, por lo que para acceder al Castillo de Chapultepec, Maximiliano podía tomar las vías que hoy conocemos como Madero y Avenida Juárez hasta llegar a la escultura del Caballito, rodearla y continuar por el Paseo de Bucareli en un sendero de terracería o bien fangoso en temporada de lluvias, para posteriormente doblar a la derecha en la actual Avenida Chapultepec y pasar por debajo de los arcos del acueducto. Se piensa que este tramo era más conflictivo en época de lluvias, puesto que en esta avenida se encontraban los cauces del Acueducto de Chapultepec que abastecían de agua potable a la Ciudad de México.
La otra opción era más complicada y más accidentada todavía. Había que cruzar la Plaza Mayor por un costado de la Catedral y girar hacia la izquierda atravesando Tacuba y Avenida Hidalgo, seguir por Puente de Alvarado, Calzada de la Rivera y San Cosme, proseguir por el Río de la Tlaxpana hasta llegar al bosque y ascender hacia la cúspide.
Dadas las condiciones del camino y ante la posibilidad de sufrir un atentado o accidente, no era raro que Maximiliano frecuentemente durmiera en la ciudad, lo que según se dice, enfurecía a Carlota y la llenaba de celos.
Salvador Novo, en Paseos de la Ciudad de México, cuenta que Maximiliano visualizó una calzada ancha, arbolada, por la cual cabalgar o recorrerla a bordo de la carroza imperial, acortando el camino de casa a la oficina y viceversa.Esta avenida se llamaría Paseo de la Emperatriz en honor a Carlota. Para su diseño conformó un equipo de artistas de la Academia de San Carlos, entre los que destacaban Miguel Noreña y Santiago Rebull, así como con reconocidos arquitectos como Ramón Rodríguez Arangoti y Felipe Sojo. El proyecto constructivo, que evoca a los Campos Eliseos, corrió a cargo de Luis Bolland.
Pese a los esfuerzos de Maximiliano, los avances en su construcción eran lentos, dada la complejidad de su diseño. En 1866 se concluyó el primer tramo, que por cierto, no conducía a ningún lado, por lo que cobró un carácter elitista, al ser utilizado sólo para los paseos ecuestres de la corte imperial y al emitirse un decreto en el que se prohibía estrictamente el tránsito del público y de vehículos de cualquier clase, así como cualquier tipo de reunión sin la previa autorización del Emperador.
El tiempo pasaba rápidamente y la caída del Segundo Imperio era inminente. Para el 12 de Junio de 1867, Juárez esperaba en los balcones del Castillo de Chapultepec a que sus seguidores organizaran la entrada triunfal a la capital del país. Maximiliano fue fusilado en el Cerro de las Campanas, en Querétaro, lo que condujo a Carlota a perder irremediablemente la cordura. Con el triunfo de la República, la obra inconclusa se detuvo tomando el nombre de Paseo Degollado y se abrió al público en general. A la muerte de Juárez, bajo el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada, la avenida tomó su nombre definitivo de Paseo de la Reforma en honor a las Leyes de Reforma, nombre que siempre estaría presente en la memoria de los mexicanos como una manifestación de amor a la patria.
Cabe señalar que fue hasta el gobierno de Porfirio Díaz, en 1895, que se dio esplendor a esta importante y bella avenida, otorgándole el carácter monumental que hoy posee.
- Vuelos
- Hoteles
- Tours
- Traslados
- Autos
