
Oaxaca de Mis Recuerdos
Por: Fernando García Castro
viernes, 25 de julio de 2008
Siempre me ha llenado de orgullo decir que los orígenes de mi familia materna están en los Valles Centrales de Oaxaca. Yo nací dos generaciones después de quienes aún viven allá, por lo que ya no tengo reminiscencia aparente de sus hábitos, ni de la carga de tradición y sabiduría que conllevan. Sin embargo, gracias a mis padres, "de chico" estuve con la familia en Oaxaca en cada oportunidad que tuvimos y conocí cuanto pude de sus costumbres.
Mucho me acuerdo de la cantidad de casas que visitábamos y de lo difícil que era para mí aprenderme tantísimos nombres, por lo numerosa que es la familia. Al paso del tiempo siempre había nuevos integrantes: la mayoría de las ocasiones eran bodas o bautizos los que motivaban las reuniones, aunque otras, desafortunadamente, también eran por funerales y entierros. Los que llegábamos "de fuera" no podíamos dejar de ir a la casa de cada tío o primo durante nuestra estancia, pues se podían ofender. Especialmente la matriarca de la familia, Doña Rebeca (tía abuela mía), de quien cuentan tenía como costumbre diaria e infalible levantarse a las cinco de la mañana y tomar, antes de cualquier otra cosa y para dejar el ayuno atrás, un caballito de mezcal, con su respectiva pizca de sal de gusano. Es por eso, hablando de costumbres empapadas de sabiduría, que la Tía Rebeca alcanzó los noventa y ocho años de vida, con los sentidos siempre alerta y suficiente fortaleza en las piernas para caminar ágilmente hasta sus últimos momentos.
En cada visita no faltaban en la mesa platos y platos de la comida más deliciosa que he probado en la vida. Para botanear, Quesillo y Tlayudas con asiento de manteca de cerdo (que aniquila cualquier dieta, pero cuyo sabor es delicioso), siempre acompañados de mezcal en jarritos. Como plato fuerte: tasajo y moles, como el coloradito, amarillito o chichilo, tan característicos de la cocina Oaxaqueña, y siempre en enormes porciones, como si mientras más se sirviera, mejor se hiciera sentir a la visita.
Después de los compromisos de familia, en cada viaje era nuestra costumbre hacer los "paseos de reconocimiento" por la Vieja Antequera. Antes que nada, ir al Zócalo y a la Alameda de León, que queda a un costado. Recorrerlos despacio, comentando lo bien cuidados que los encontrábamos siempre, mientras que invariablemente como sonido de fondo, la marimba en vivo interpretaba "La Zandunga" o "Dios Nunca Muere". Yo, como todo niño de la Ciudad de México, nunca dejé de asombrarme por el gran número de ardillas que bajaban de los árboles a convivir sin miedo con la gente que visita esos parques, ya que en la capital del país no estábamos muy acostumbrados a la escena.
De ahí, mis papás y yo arrancábamos por las calles adoquinadas hacia templos y mercados, aprovechando lo cerca que quedan del Zócalo. Caminábamos embebidos por el colorido y la belleza de las casas, casi todas con balcones de hierro forjado, puertas de madera y marcos pintados en diferente tono del resto de la fachada con el propósito de contrastar, conservando su estilo Colonial. Siempre visitábamos la hermosa Basílica de la Soledad, primero entrando a venerar a la patrona de Oaxaca en un momento de respetuosa oración, y después, por largo rato, observando su belleza desde el exterior, sentados a la sombra, donde venden las tradicionales y deliciosas nieves de Sorbete, Tuna y Leche Quemada. A mi mamá desde el principio ya le andaba porque llegara el sagrado momento de las compras, y para fortuna de la cartera de mi papá, todavía nos faltaba un rato.
Como recorrido litúrgico, en parte por fe y en otra por lo fascinante que es ver tan fina combinación de arte sacro y bella arquitectura, seguíamos hacia el más que hermoso Templo de Santo Domingo, el único recinto en impecable estado de conservación de todos los que datan del siglo XVI en la República Mexicana, cuyos retablos revestidos con hoja de oro coronan de forma majestuosa las silentes piezas escultóricas con figuras de santos, obras de gran valor con siglos de antigüedad, destinadas para el culto de las arraigadas creencias católicas. Nunca olvidaré lo imponente que es el atrio de Santo Domingo, amplio, pulcro, decorado con grandes jardines de rosales siempre floridos, y con la inmensa fachada barroca que pareciera que brilla en tonos ocres, destacando aún más por el cielo azul y limpio de Oaxaca.
La hora del gozo sin falta llegaba para mi mamá, porque como parte de nuestro recorrido estaba la visita al mercado Benito Juárez o a la Casa de las Artesanías, que son excelentes recintos para las compras por la enorme cantidad de artefactos de fina calidad que se pueden conseguir ahí, ya sea para llevar como regalo, o para el uso personal y en el hogar. Entrábamos a un universo fascinante de objetos de madera, como juguetes y lámparas; sandalias de cuero, cinturones, bolsas de todos tamaños y materiales; coloridos tapetes elaborados en telar de cintura, jorongos, huipiles mixes, gabanes, rebozos y los típicos manteles de algodón con grecas o motivos decorativos, inspirados en los ornamentos zapotecos y mixtecos, como los que hay en la zona arqueológica de Mitla.
El Barro Negro, los Alebrijes, la Orfebrería y la Filigrana, siempre han ocupado un nicho muy especial en la variedad de mercancías típicas oaxaqueñas. El que va a Oaxaca siempre se lleva alguna de esas piezas porque nadie resiste la tentación ante la hermosura de artesanías tan vistosas. De la fina alfarería en barro negro hay piezas desde pequeñas figuras animales ornamentales, hasta enormes tibores con brillo, textura y color únicos. Los niños generalmente se van por los Alebrijes, vistosos, coloridos y de formas muy extrañas; los tocan, juegan con ellos y saben que en su cuarto se verían fantásticos al lado del resto de sus juguetes. Las hermosas pulseras, collares y arracadas de oro que se exhiben en las joyerías locales son la delicia de las señoras.
Además del tiempo de gran calidad que pasábamos en la ciudad de Oaxaca, tomábamos dos días exclusivamente para visitar Mitla, el Árbol del Tule y Monte Albán, que pese a encontrarse relativamente cerca de la ciudad, requerían de tiempo para los traslados y para ser recorridos a buen ritmo, deleitándose con el paisaje de montañas, verdor y edificios arqueológicos, así como para absorber la cultura que los antiguos mixtecos y zapotecos legaron en cada sitio.Muchos agradables recuerdos me han quedado de aquellas visitas y la eterna tentación de regresar cada vez que puedo, porque Oaxaca no es sólo el mismo de mis tiempos de niño, sino cada vez mejor. Aparte de todo lo que tiene para compartir en paisajes y sitios fabulosos, se disfruta de la mejor comida del país, se desbordan los sentidos de color y música, y se percibe amabilidad hasta en el acento de la gente, que cuando habla parece que "canta", imprimiendo la suavidad de como cuando se educa a un niño.