
El Cañón del Sumidero: Las dos formas de vivirlo
Por: Mireille Pasos
martes, 06 de mayo de 2008
Eran ya las 3:30 de la tarde del sábado y apenas estaba logrando instalarme en el hotel en Tuxtla Gutiérrez. Sentía que si no lograba visitar los miradores del Cañón del Sumidero esa misma tarde, sería un día entero invertido en el puritito viaje. Me apresuré a ir en busca del auto previamente rentado y, aunque todo mundo me decía que a las 5 de la tarde se cierra la entrada, me aventuré a visitar los miradores.
Mapa en mano y recurriendo a la ancestral técnica de preguntar por direcciones, logré dar con la carretera que me llevaría hasta mi destino. En la entrada pagué una cuota simbólica de 10 pesos y seguí mi camino, emocionada, pero sin saber qué esperar.
El primer mirador me resultó impresionante en más de un sentido, el viento en el rostro, el intenso color del río que se encontraba a unos 700 metros abajo, y la paz que ahí se respiraba. Después de unos 20 minutos de contemplación silenciosa decidí regresar al auto y seguir mi camino.
Cada mirador era distinto del anterior, dejando ver ángulos muy diferentes del río y despertando reacciones muy específicas en mi interior. Mi preferido fue el tercero: "El Roblar". Dejé el auto estacionado, bajé las escalinatas y transité un largo camino empedrado que se tiende entre los árboles y arbustos. Una suave llovizna se dejó venir, haciendo que el recorrido resultara místico y hermoso. Cuando llegué a la terraza del mirador, me senté en uno de los bordes de la misma a respirar la pureza del aire, a observar la belleza del cañón y a envidiar a las aves que se sostenían en las corrientes de aire sin tener que aletear, y que podían de cuando en cuando bajar en picada por algún repentino antojo de emoción. Para cuando llegué al quinto mirador, el sol se había ocultado en el horizonte, por lo que no tardé mucho en dar un último vistazo al río que ahora estaba a más de 1000 metros abajo, para luego regresar al auto y marcharme.
A la mañana siguiente muy temprano manejé hacia Chiapa de Corzo, un pintoresco poblado en el que el tiempo parece haberse detenido para dar paso a una tranquilidad casi sublime. Detrás del mercado, internándome en pequeñas calles llenas de venteras y artesanos que ofrecen sus productos al transeúnte, encontré el muelle desde el cual salen las embarcaciones que dan recorridos por el interior del cañón.
Después de haber pagado por un tour, y mientras esperaba a otros excursionistas, desayuné en uno de los múltiples restaurantes que se encuentran establecidos en toda la extensión del muelle.
El recorrido por el río fue emocionante desde el primer momento: la velocidad, el sol en el rostro, el viento en el cabello, la frescura del agua y la imponente entrada al cañón, son capaces de arrebatar el aliento a cualquiera. Mientras la lancha se abría paso por las serenas aguas del río, yo miraba constantemente hacia arriba. Las paredes de roca se levantaban hasta a 1200 metros de altitud, como extendiéndose para alcanzar el cielo.
De cuando en cuando la lancha se detenía y el guía nos mostraba cocodrilos de todos tamaños, curiosos monos araña que se colgaban de los árboles y bellas aves que habitan los alrededores. Visitamos las paradas obligadas: el "Árbol de Navidad" (que son formaciones rocosas sobre las cuales viven algunas pequeñas plantas de color verde, que asemejan un enorme pino) y la "Cueva de los Colores", en el interior de la cual se pueden observar diversas tonalidades creadas por los minerales que la constituyen.
Después de 45 minutos de increíble recorrido, llegamos al Parque Ecológico. Aquí el viaje se convirtió en una constante descarga de adrenalina, puesto que al terminar de visitar el zoológico me dirigí hacia la tirolesa y me lancé en una aventura de 800 metros de recorrido pasando por un total de 4 plataformas. Con la emoción hasta el tope y las piernas aún temblorosas, me dirigí hacia la pared de escalar. Casco, equipo de seguridad, instrucciones y muchas ganas, me ayudaron a subir los 15 metros de altura que tenía la pared. Agitada, pero feliz, me dispuse a terminar la aventura con los 30 metros de descenso en rappel que aún me hacían falta.
Antes de ir al restaurante por algo de comer, regresé a la entrada del parque para tomar un kayak y así recorrer una diminuta porción del enorme cañón por mi propia mano. No todos los días se puede hacer kayak con semejante escenario de fondo.
Por la tarde la temperatura había bajado, el viento se sentía mucho más fresco que en la mañana, dándole un tinte particular al viaje de regreso. Aún sin dejar de mirar hacia arriba y aún sorprendiéndome ante las colosales paredes rocosas del Cañón del Sumidero, pensé para mis adentros que no importaba lo que me esperase durante los siguientes días en Palenque, Comitán y San Cristóbal de las Casas... con lo que estaba viviendo en aquel momento mi viaje había valido la pena.